miércoles, 2 de julio de 2014

V Gran Trail de Peñalara


Empiezo a escribir sobre mi experiencia del pasado fin de semana ahora que lo tengo todo bien fresco porque tengo la sensación de que los momentos más amargos se están disolviendo como el cacao en la leche y pronto sólo quedarán las luces, las sonrisas y los buenos recuerdos.

Advierto que la crónica es larga y el que avisa no es traidor. Pero si aguantáis hasta el final seguro que más de uno se emociona.

El año pasado tomé la decisión de presentarme al GTP 2014 tras correr el Maratón Alpino. Mis sensaciones fueron tan buenas y disfruté tanto por aquellas montañas que sentía la necesidad de dar un paso más, un paso de gigante descubrí después. Tengo que aclarar que hay varias distancias para elegir, desde los 10k del Cross nocturno pasando por los 60k, 80k hasta los 110k. Con el temor de quedarme con ganas de más si elegía alguna de las distancias menores me tiré el órdago y casi con los ojos cerrados me apunté al Gran Trail en el mismo momento en que se abrieron las inscripciones. ¡En 48 horas se habían agotado!. Increíble.

Ya no había vuelta atrás, tocaba prepararse y entrenar duro. No hay otra manera de hacerlo, no hay milagros. Duele, cuesta mucho y tienes que sacar fuerzas y ganas a veces cuando no las hay. Pero esto es así, nadie nos obliga a ello y el que quiere disfrutar antes tiene que sudar.

En mi situación personal se hace aún más difícil entrenar para este tipo de pruebas porque me resulta complicadísimo gestionar mi tiempo para correr por la montaña así que tengo que intentar simular esas condiciones con mis muy limitados recursos. Muchas cuestas, gomas, ejercicios que al final resultan insuficientes pues si algo he aprendido en estos días es que para poder correr por la montaña HAY QUE CORRER POR LA MONTAÑA. La técnica es tan importante como la forma física o incluso más. Pero lo que hay es lo que hay.

Cuando se acerca el día tienes la sensación de que podías haber hecho más, de que tu preparación es insuficiente o incluso muy deficiente. El equipo que llevas te parece muy cutre (sobre todo en estos tiempos que corren) y sentía cada vez más fuerte esa sensación de que no pertenezco a este mundo.

El viernes 27 por la tarde, mientras dejaba las mochilas en los avituallamientos no paraba de ver caras conocidas, profesionales, paseando por allí como si nada y te das cuenta de que te has metido en un lío bastante serio. Quedaba una hora para la salida y allí estaba yo, mirando a todos los corredores, como pidiendo perdón por intentar imitarles, disfrutando del show de Depa y con todos los nervios del mundo en el estómago. Compruebas una y otra vez el material, si está todo, si está bien colocado... Y poco a poco se acerca el momento y te colocas en la salida. Fue en ese preciso instante cuando me dio el primer bajón. ¿Qué hago yo aquí?, pensé. Seguramente soy el peor preparado de todos estos corremontes. Me sentí un poco avergonzado por la osadía pero como dije antes ya no había vuelta atrás.

Tras el minuto de silencio por la muerte de la gran deportista Nuria García-Valcarcel (finisher en las cuatro ediciones anteriores) encendimos todos nuestros frontales y comenzó la cuenta atrás.

Salida del GTP 2014


La salida con la gente animando por las calles de Navacerrada es espectacular, te hacen sentir fuerte y a gusto, los niños, la gente en las terrazas, todos se ponen a aplaudir y a jalear a los corredores.

Salí muy tranquilo y con un buen ritmo puesto que estos primeros kilómetros eran cuesta arriba pero sencillos. Lo duro empezó a partir del km.4 con la subida hacia la maliciosa. El camino es estrecho y complicado de subir. Sientes que no puedes perder en ningún momento el apoyo porque te vas literalmente pa'bajo. Aún así continúo adelantando a gente hasta llegar al segundo punto más alto de la carrera, el pico de la Maliciosa (alt. 2227m.), 8k en 1h26'. Mucho viento y frío. A partir de ahí la cosa se complicó bastante. Dicen que las carreras de montaña se ganan en las bajadas y por este tipo de terrenos soy el peor del mundo. Tengo que admitir, y no me da ninguna vergüenza, que sentí pánico en la bajada a Canto Cochino. No veía el sitio correcto donde poner el pie, tenía la sensación de que me iba a despeñar en cualquier momento y me dio por pensar en mi mujer y mi hijo si me pasaba algo con lo que todavía crecía más mi temor al bajar. De hecho me caí un par de veces, que sólo fueron un aviso con pequeñas consecuencias, algún que otro raspón en el muslo. 

Saliendo de Canto Cochino. Cortesía de Kaikuland.


Llegando al primer avituallamiento oigo a los sanitarios que una chica se ha caído y van a ver cómo llegan hasta ella. Llego al km.17 en 2h46', tengo las zapatillas llenas de arena y tras comer y beber me quito los calcetines y me miro los pies. Me quito un parche que me estaba molestando pero parece que todo está bien. A partir de ahora la cosa sería muy diferente, dejé de disfrutar, me arrepentía de haberme presentado. No tenía la cabeza como para seguir, perdí la motivación y me quería retirar, quería estar en casa, en mi cama y no tenía fuerzas para dejarme la piel en Guadarrama. 

El trabajo de los voluntarios es absolutamente espectacular.

La subida al Collado de la Pedriza se me hizo muy dura y la bajada aún más, otra vez con miedo. Aún así conseguí disfrutar durante algún tramo hacia Hoya de San Blás en el km.26. Una vez allí y mientras me pongo morado a membrillo y frutos secos comparto las sensaciones con otros corredores y estamos todos igual. Dicen que mal de muchos consuelo de tontos.

En los avituallamientos no faltaba de nada. Perfectos.

Me pongo de nuevo en marcha y a seguir subiendo más o menos bien, por senderos y pistas forestales pero sin poder quitar la vista del suelo porque en cualquier momento te puedes caer. Yo lo que quería era disfrutar del cielo y las estrellas y no quedarme sin aliento subiendo riscos.

Y si la cosa ya pintaba mal se iba a poner peor. De repente sufrí una perdida de energía inmediata. Me costaba incluso andar. Me sentía lento de movimientos y llegué a pensar que me iba a desmayar en algún momento. Por suerte estaba cerca del tercer avituallamiento, el Puerto de la Morcuera, km.38, en 6h59' (alt. 1776m.). Nada más llegar me senté a comer y beber pero no mejoraba mi estado. De hecho me empezó a temblar todo el cuerpo. Me puse el cortavientos y los guantes pero no conseguía quitarme la temblequera que me impedía casi caminar. Era imposible controlar mis movimientos. Cogí un puñado de almendras y salí de allí rápido sobre todo para ver si al ponerme en movimiento conseguía entrar en calor pero no podía andar bien y me daban arcadas. Tuve que contener en varias ocasiones el vómito.

Más o menos media hora después comencé a encontrarme mejor y pude correr un poco. El camino era cuesta abajo y había que aprovechar para ganar el tiempo perdido. Pero la máquina se negaba a responder. El cuerpo estaba apagado y el cerebro también. Lo único que tenía en mente era retirarme. No quería seguir, no quería estar allí. Se acabó.

De camino a Rascafría y totalmente roto y desmoralizado.

Llegué a Rascafría, km.53 tras 9h18' de carrera. Rendido, hundido y desmoralizado sólo pienso en preguntar cuándo sale el próximo autobús para Navacerrada. Llamo a casa para avisar (no quería despertar a nadie por la noche) y le digo a Eli y después a mi madre que me voy. Y aquí quiero hacer un alto para explicar bien lo que pasó a continuación.

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Estamos acostumbrados a oir cómo la gente de nuestro entorno nos llama campeones, monstruos, máquinas y eso nos hace muy felices, nos engorda el ego, nos creemos capaces de hacer cualquier cosa.  Todos somos Kilian. Es genial. Pero a veces, si tienes suerte, te darás cuenta de que no vales absolutamente nada, no eres nadie sin alguien a tu lado que te comprenda, sin alguien que conozca tus malos momentos y los comparta contigo. Tengo la inmensa suerte de estar casado con una mujer que me conoce mejor que yo mismo, que sabe lo que pienso sin que se lo diga, que siempre quiere lo mejor para mí aunque no sea lo mejor para ella. Que sabe sacar lo mejor de mí cuando creo que ya no hay nada que rascar. Y ese día, a esa hora, me dio una lección que no olvidaré en la vida.

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Tras llamar y decir que no podía seguir, Eli me dijo que descansara un rato, le quitó importancia a mi estado y me dijo que después me llamaría. Llevaba allí tirado más de 40' y la cosa no parecía mejorar. Yo veía a la gente muy fresca y contenta y yo no lo estaba. Casi no podía ponerme en pie para ir a comer. Con la cabeza en las rodillas y totalmente hundido recibo la llamada de Eli. Yo no quería hablar, no quería que me convenciera de nada, no quería oírla decirme buenas palabras de ánimo. Pero no hizo nada de eso.
—¿Cómo estás?—me preguntó.
—Mal—contesté.
—Escúchame,— continuó diciendo —sé lo mal que te encuentras, sé que estás cansado y que no quieres seguir. No me puedo ni imaginar lo que te ha costado llegar hasta allí durante la noche y no creo que jamás lo pueda saber, pero sí sé el esfuerzo que has hecho para estar donde estás, te he visto salir a correr de noche cuando no querías, te he visto llegar rendido a casa después de entrenar, todos los dolores que has pasado y sobre todo sé las ganas que tenías de participar en esa carrera. Estás rendido y lo sé pero también sé que puedes hacerlo, estoy convencida porque te conozco. No te retires ahora, sigue por favor, ya verás como con la luz todo es diferente, piénsatelo un poco más. Y si al final decides dejarlo y te vuelves sabes que voy a estar igual de orgullosa de ti.
—Pero es que ahora viene Peñalara y no creo que pueda subirla y menos bajarla.—
—Tú puedes con Peñalara y con lo que te pongan por delante, yo lo sé y tú también, creételo. Estás cumpliendo tu sueño, no lo dejes porque sé que te arrepentirás. Es TU sueño, inténtalo, por favor.—

En ese momento oigo a la gente de la organización llamando a los que quieren retirarse para volver a Navacerrada. Tengo que decidirme.

A los cinco minutos estaba saliendo de Rascafría hacia el Puerto del Reventón con más ganas y más fuerzas que nunca. Me sentía genial y sabía que podía terminar. De cero a cien, esa es Eli. No se puede ser más afortunado que yo, no se puede querer más ni estar más orgulloso de lo que yo estoy de mi "chiquitina". Con ella a mi lado puedo hacerlo todo. Lo que he escrito es muy cursi, lo sé, pero es la verdad. Además es mi blog y escribo lo que quiero, jajaja. Poco después en el ipod me salió una canción aún más cursi (que no pienso citar aquí) que todavía me hacía correr más pero con lágrimas en los ojos y que todavía me las saca cada vez que la oigo.

Con el ánimo a tope y con muy buen humor llego hasta el Puerto del Reventón (el nombre lo dice todo) alt. 2037m. Como y bebo bien. Los voluntarios te dan el plus que necesitas para seguir de buen humor y me tiro a por Peñalara sin pensarlo. La cosa empieza a complicarse bastante porque los bloques de granito cada vez son más grandes y a lo lejos aparece la gran cumbre, el punto más alto de la carrera. Quiero aclarar que cuando digo a lo lejos quiero decir MUY LEJOS porque el reguero de personas se ve como pequeñas hormigas subiendo por una pared.

Cuidado que voy "cagaito"


Llego hasta la laguna de Peñalara y aquello está plagado de gente que viene a pasar el día. Empiezo a trepar por la pared de granito y me vuelve la sensación de miedo. Está claro, si nunca lo has hecho no puedes esperar moverte con agilidad por aquellos sitios. Saltando entre las rocas parezco un pato mareado. Con más miedo que vergüenza llego hasta la cima (alt. 2429m.) y me indican que ahora todo es bajada. —Qué bien—pienso. Error.

La bajada de Peñalara me resultó uno de los tramos más agotadores de toda la carrera. Los cuádriceps no podían relajarse y la atención tampoco pues estuve a punto de despeñarme un par de veces debido a la roca suelta y a las raíces traicioneras que se enganchan al pie cuando menos te lo esperas.

Una vez abajo el terreno se hace muy agradable, incluso nos paramos a llenar las botellas en un pequeño riachuelo con un agua fresca que te daba la vida. Y como suele pasar en los ultras, a un gran bajón le sigue un subidón, y así fue. Comencé a correr otra vez rápido y a sentirme bien y fuerte de nuevo. Y con esa sensación llegué a La Granja (km.79) entre aplausos y vítores de la gente que se encontraba junto al punto de avituallamiento. Una gozada.

De nuevo con la moral por las nubes.


Allí me tomo mi tiempo. Como pasta y bebo bien. Me arreglo un poco los pies pues ya empezaban a salir algunas ampollas aunque en realidad era lo que menos me importaba y me doy un pequeño masaje en las piernas. El móvil se me está quedando sin batería así que a partir de ahora no hay llamadas hasta el final. Otra cosa que se aprende con la experiencia es el tema de la alimentación. Te pueden contar lo que sea, incluso puedes hacer caso a los profesionales en cuanto a nutrición en un ultra. Bien, escúchalos a todos y no hagas caso a nadie. Lo que les funciona a unos puede no funcionarte bien a ti. Yo he aprendido que no puedo comer alimentos medianamente sólidos y seguir corriendo. Si lo hago vomito. Los geles, el membrillo y la fruta no me va mal pues son fáciles de digerir pero la pasta que comí no fue una buena idea.

Los 12km. siguientes eran muy asequibles y prácticamente llanos pero no podía correr así que me lo tomé con calma y caminé a buen ritmo hasta llegar a la Casa de la Pesca en el km.91. Se me hizo larguísimo y pesado aunque el recorrido al lado del río era muy bonito. Incluso pensé en quitármelo todo y darme un chapuzón pero no creo que hubiese podido ponerme en marcha de nuevo.

Tras tomarme otro gel (no sé cuántos iban ya), beber bien y estirar un poco salgo como nuevo y con mucha energía. Sólo quedan 20km. y eso me da alas. Alas hasta que llego a la subida hasta el Puerto de la Fuenfría. Son aproximadamente 400m. de subida en 2km. Imaginad la inclinación. Sólo piensas en poner un pie delante del otro esperando que aquello acabe pronto. Es brutal, te deja literalmente sin aliento. Pero todo lo malo se acaba y el agua fresca de la fuente nos reanima a todos los que vamos llegando.


Dos bonitos momentos antes de llegar al Puerto de Navacerrada

Ya queda menos y vuelvo a sentirme bien corriendo en las bajadas. Y así, entre caminar y correr llego hasta la carretera que baja hasta el Puerto de Navacerrada km.100. En el avituallamiento pregunto sobre el resto del recorrido porque no puedo con más bajadas técnicas y me animan al decirme que el tramo técnico es muy corto y después se puede correr bien hasta la meta. El cielo se está poniendo feo y hace bastante frío así que justo en el punto en el que comienza la bajada me paro a ponerme el cortavientos y a estirar un poco y me tomo la bajada con mucha calma. La meta ya está conseguida y el tiempo no me importa. No quiero arriesgarme a caer justo ahora.

Bajando hacia Navacerrada el viento soplaba fuerte y el terreno era complicado

Al final ese tramo no fue para tanto y una vez voy bajando vuelvo a sentir calor así que vuelvo a quitarme el cortavientos y me lanzo a correr como si no llevase más de 100km. en las piernas. Me siento perfecto, por fin puedo coger velocidad por un terreno fácil, que es lo mío, y empiezo a adelantar a corredores que ya no tienen ganas más que de llegar. Se les nota en los andares, pesados, lentos,  tristes. Freno justo antes del último control y la chica de la organización me felicita porque me ve genial y como nuevo. —¡Pero si parece que acabas de empezar!—me dice. Voy a tope, con una sonrisa en la cara, animando a todos los compañeros a los que adelanto y comienzo a recordar mis malos momentos y cómo pensaba que no podría con esto. Unas horas antes estaba literalmente fuera de la prueba y con 60km. por recorrer y ahora me encuentro a unos 3km. de cumplir mi sueño.

Una vez llego a la carretera de Navacerrada llamo a mi hermano Óscar para avisar que ya estoy allí y me dice que me están esperando todos. ¿Todos?, ¿qué todos?, yo no sabía nada de eso. Y claro, con esas noticias me da otro subidón y otro acelerón que me hace llegar equivocarme en el último desvío y por poco me pierdo. Tendría gracia perderme justo al final. Retrocedo y vuelvo a encontrar el camino. Al fondo creo ver a mi hermano Jesús levantando los brazos en señal de victoria. Qué sensación, me gustaría poder expresarlo pero no existen palabras que describan la explosión de alegría que te sale del estómago. —Vamos hermano, hasta el final—le digo. Más adelante me encuentro con mis sobrinos y mi hijo que rápidamente vienen a cogerme de la mano pero tengo que soltarlos porque no puedo parar y creo que los voy a acabar tirando al suelo. Mi cuñada Paloma está delante y también me anima. Todos corriendo conmigo pero mi corazón me pide acelerar. El único que me sigue el ritmo es Hugo, pero claro, los entrenamientos que hemos hecho se notan y el chaval, aunque aún no tiene siete años, tiene una punta de velocidad que dará que hablar.


Momento de la llegada con los niños

Cruzo la meta con mi hijo y me abrazo a él rápidamente, lo necesito. La emoción me supera y me desplomo en el suelo llorando. No puedo parar. Alzo la mirada y veo a mi hermano Óscar haciendo fotos, me levanto y me abrazo a él pero no puedo parar de llorar. La gente aplaude, se emociona contigo y comparte tu emoción. Me ponen la medalla, me dan la enhorabuena y me quitan el chip. Se acabó. Es increíble, es mágico, es épico. No sé cómo describir mejor ese momento pero toda la alegría me sale del cuerpo en forma de lágrimas. Aún así todavía me falta algo.

Es imposible describir lo que siento en este momento.

Me abrazo a mi hijo y todo explota.


No puedo parar de llorar. Lo intento pero no lo consigo.

Victoria


 


 

Eli aparece por allí, me abraza y volvemos a llorar los dos. No me salen las palabras pero consigo darle las gracias y le pongo la medalla porque siento que los últimos 60km. los ha hecho ella. No habría acabado de no ser por sus palabras y por cómo consiguió levantarme cuando yo no podía ni arrastrarme. Ella es la auténtica "getepera" este año y la que sabe de verdad cómo funciona esto, lo que significa superarse, la que me dice que las barreras están todas en la cabeza. Ella sabe que nada es imposible y que las grandes gestas se hacen paso a paso, poniendo un pie delante del otro.

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Y esta es la historia de una carrera más. De momento no tengo ningún otro proyecto cercano y me apetece tomarme un año sabático. No tengo cabeza para más. Creo que me vendrá bien.
Correr forma parte de mi vida y no lo puedo dejar pero necesito abandonarme a correr sin objetivos, a disfrutar de verdad, a respirar, a sudar y a sentir los músculos tensos sin otra pretensión que sentirme vivo. Porque por si a alguien le queda alguna duda, CORRER ES VIVIR.

4 comentarios:

mayayo oxigeno dijo...

Enhorabuena, geteperoS. Primera ultra solo hay una. Superarla además asi, en familia y de forma compartida, la hace aun más especial. Saboreadla todos despacio, bien lo habeis ganado. Bravo!!

German Alonso dijo...

Muchas gracias Sergio. Dicen que una vez que pruebas a correr por montaña ya no lo puedes dejar. Me lo creo.

Halfon Hernandez dijo...

Enhorabuena FINISHER, lo has luchado muy bien.

Se lo que es esa sensación de no querer sufrir mas, no encontrar el sentido a lo que estamos haciendo, pero la diferencia es que el año pasado llegué a Morcuera y entregué el dorsal, sin tomarme tiempo para pensar.


German Alonso dijo...

Muchas gracias Halfon. A veces tenemos tanta prisa que no sabemos lo importante que es pararse un poco a pensar. Ánimo con la próxima.