El pasado día 28 se celebró la IV Carrera Popular de Aluche a la que me presenté con mi hermano Jesús. Dos días antes me avisó que él iba a apuntarse porque era gratis y además le pillaba muy cerca de casa. La verdad es que uno empieza a acostumbrarse a correr los domingos por la mañana y tengo que decir que me sienta muy bien. Así que me volví a levantar temprano y me enfundé las zapatillas para chuparme una hora y pico de metro hasta llegar a la otra punta de Madrid.
Me sorprendió mucho el ambiente de la carrera, que sin ser multitudinaria (últimamente las carreras populares son más populares que nunca) era muy animado. Y pese a que la inscripción era gratuita todo estaba muy bien organizado, recogida de chips, agua a mitad de la carrera... Al principio tuvimos miedo de que no hubiese guardarropa pero también tuvieron el detalle de pensar en eso.
La temperatura del día era perfecta, al haber retrasado una hora el reloj dio tiempo a que saliera el sol lo justo para no salir con frío. Según la organización el perfil de la carrera era duro, pero no sé si por que voy al contrario del mundo a mí me vinieron muy bien esas subidas y bajadas, no así a Jesús, que cada vez que aparecía una cuesta se desmoralizaba y la falta de aliento le jugó alguna mala pasada.
El tiempo final fue lo de menos porque yo había ido a disfrutar y Jesús tenía como objetivo simplemente acabar. Aún así, mi hermano consiguió bajar su tiempo en 10k casi tres minutos y teniendo en cuenta que ha empezado a correr hace poco creo que se puede decir que estuvo a la altura.
Al final, recogida de regalos y comida y vuelta para casa. Me parece que tengo otra popular fija en mi calendario para el año que viene.
Ese fue mi resultado en la pasada carrera del CSIC. Y sinceramente estoy muy contento porque nunca había corrido tan rápido. De hecho la última carrera de 10k que corrí fue la San Silvestre del año pasado (no suelo apuntarme a muchas la verdad) y me parece que hice 54 y pico.
La mañana era bastante fría y al principio temía que se pusiera a llover porque estaba todo nublado. Pero conforme fue amaneciendo desaparecieron las nubes. Me quedé asombrado de la cantidad de gente que había, unas 5.000 personas. Yo pensaba que esa carrera era un poco más marginal pero me equivoqué. Llegué con tiempo de sobra pero entre recoger el chip y calentar estaba prácticamente en la hora, esperando entre la gente y con la adrenalina a tope.
Lo más gracioso es que a unos tres metros delante mío había un tipo con un pañuelo en la cabeza de colores muy llamativos y pensé... cómo se parece ese tío a Pedro "Wild". En un momento se giró y le vi la cara, seguro que era él, vamos, de hecho era él. Así que tuve la oportunidad de conocerle y teniendo en cuenta que no somos muchos los "blogeros" de Madrid ya era hora. Un tío encantador, sí señor. Intercambiamos algunas palabras y enseguida empezó la carrera.
Pedro salió "volao" esquivando a la gente y yo cogí mi ritmo y tiré en los primeros kilómetros de cuesta abajo. Se hace bastante pesado estar esquivando a los que llevan un ritmo más lento que deberían ponerse un poco detrás. Me encontré con varios muros de personas que me hicieron perder seguro más de 10 o 15 segundos. Cuando vi la señal de los 2 kilómetros mi crono marcaba 8:20, perfecto.
Como a unos 50 metros estaba Pedro y prácticamente llevábamos el mismo ritmo porque lo tuve así hasta el final. En cuanto empezamos a subir por la castellana aproveché a coger una liebre improvisada, uno de esos tíos que lo ves y dices... este tío corre un huevo. Pero la liebre me falló al llegar a Cuzco así que cambié de liebre y seguí los pasos de una chica que llevaba un ritmo bastante parecido al mío. Pero... ¡también se quedó al entrar en Serrano!. A partir de ahí le perdí la pista a Pedro que debió meterle caña a los últimos metros. De todas formas ya habíamos llegado.
El crono marcaba 44:46, mi crono marcaba 43:35 y al final, en la clasificación tengo 43:43, bonito número. Teniendo en cuenta que acababa de pasar una gripe y que tengo una contractura en la espalda es para estar contento. No soy un tío muy de estar pendiente de los tiempos pero de vez en cuando me gusta saber cuánto tardo en hacer ciertas distancias.
Aún así seguiré haciendo mis salidas largas sin pensar en cronos ni marcas, simplemente disfrutando de un poquito de dolor muscular aderezado con unos toques de agotamiento.
Aunque lo parezca no es el título de ninguna nueva película sobre orcos y elfos. Hace ya varios días que tenía en mente hacer una salida larga por el anillo ciclista y hablando con mi hermano Jesús tuvimos la genial idea de salir cada uno en un punto diferente del recorrido hasta encontrarnos. Para haceros a la idea vivimos en extremos opuestos de Madrid así que la carrera iba a ser larga.
Pensando que me llevaría alrededor de tres horitas llegar hasta su casa y echando cuentas, tendría que salir alrededor de las cinco de la tarde, con todo el calor y por el asfalto (uf).
Comí un poco de pasta a la una y media y preparé todos mis "bártulos", ipod, botellita con aquarius, carnet, móvil, etc. A las cinco menos cuarto y con un calor de aupa (los hombres del tiempo no aciertan ni una) mandé el SMS, "saliendo" a mi hermano para que hiciera sus tiempos.
Las primeras sensaciones fueron buenas, no me dolían las rodillas y llevaba bien el ritmo. En el kilómetro siete remojé mi gorra en una de las fuentes del recorrido y el crono marcaba 36 minutos. A partir de ahí hay un tramo de mucho sol a través de parques pero se lleva bien. Más o menos a los 10 kilómetros hago mi primera llamada para tranquilizar al personal (que se ponen muy nerviosos) y relleno la botella en otra fuente.
La última fuente del camino está más o menos en el kilómetro 15 así que bebo bastante y vuelvo a rellenar. A partir de ahí no hay agua, ni agua ni nada porque el anillo se mete a través de caminos de arena y carretera hasta llegar a la Casa de Campo.
Kilómetro 22, Casa de Campo de Madrid, y llevo corriendo una hora y cincuenta minutos. Aquí hago una parada técnica para comprar un aquarius en una tienda "chunga" de ultramarinos que está siempre abierta. Con el traqueteo me entró hambre y pensé en comprarme algo salado pero como sólo llevaba dos euros encima no me dió más que para la bebida. Ni siquiera pude comprarme unos Lacasitos.
Llamada a mi hermano, está entrando en la Casa de Campo. La verdad es que ha estas alturas me encontraba bastante mal. Me costaba avanzar. Es la primera vez que me han dado calambres en las piernas y la sensación es bastante desagradable pero no podía parar, me había propuesto correr hasta encontrarnos y eso era exáctamente lo que iba a hacer.
Tenía tanta hambre que incluso pensé en acercarme a alguna familia que estaba merendando a pedirles lago de comida pero me dio vergüenza. Pasado el lago el camino tomaba varias direcciones y no sabía por donde seguir. Vuelta llamar por teléfono. Mi hermano va por un camino lleno de árboles y acaba de pasar al lado del zoo, joder, esto está lleno de árboles. Lo mejor era preguntar y por suerte había una pareja de policías municipales que me indicaron el camino y justo entonces... ¡tachan!, al fondo apareció mi hermano. Dos horas y diez minutos.
A partir de ahí seguimos hacia su casa deshaciendo el camino que él había corrido. Ninguno de los dos nos encontramos muy bien pero yo no puedo parar porque me duelen demasiado las piernas y si lo hago no voy a poder ponerme en marcha de nuevo. Mi hermano hace tramos andando y corriendo y yo mientras corro en círculos alrededor suyo, la cosa es no parar. Los calambres empiezan a ser muy fuertes y ya no puedo más. Dos horas treinta y cinco minutos y 28 kilómetros a mis espaldas.
Me parece mentira que todavía queden 14 más para terminar un maratón. En este momento lo veo imposible, pero todavía quedan siete meses para el Mapoma y eso es mucho tiempo para entrenar. Tengo previsto hacer una salida de estas cada mes para comprobar los avances que hago.
Al día siguiente sólo tenía un poco de agujetas (joder, si hacía un año que no sabía lo que era eso) y hoy estoy preparado de nuevo para salir. Este año estoy dispuesto a ser maratoniano y nada (espero) me va a parar.
Ya tengo nuevas zapas. El otro día aprovechando que pasaba por Decathlon estuve mirando algunos modelos de zapatillas que tenía seleccionados. Las Saucony no las vi pero encontré las Asics Gel Kayano y las Reebok Premier Trinity KFS. Me probé los dos modelos sin importarme el precio (eran las más caras de todas). Al principio pensaba que con todo lo que había oído de Asics iba ser un hombre nuevo dentro de esas zapatillas y siento decir que no noté nada especial. De hecho me resultaban un poco estrechas y no me sentía realmente cómodo. Es probable que su amortiguación sea la mejor que existe pero mis pies intentaban acoplarse sin éxito. Todo lo contrario que con las Reebok. Nada más calzármelas supe que eran las elegidas. Las sensaciones eran geniales, el pie sujeto, la planta completamente apoyada y notaba como la plantilla cogía la forma del pie (impresionante). Después de tantos años la elección estaba hecha, el precio marcaba 120€, que no es ninguna tontería, pero me daba igual. Fui a la caja y... ¡oh, sorpresa!, ¡¡estaban rebajadas a 89,90€!!.
Creo que he elegido bien porque fue considerada por la revista Runners como la mejor zapatilla del 2006 (aunque aquí llegue en el 2007). Además esa misma noche salí a probarlas (no pude esperar) y no recordaba lo que era notar la amortiguación en las plantas de los pies, era como si me hubiese quitado una mochila llena de piedras de la espalda. De hecho hice mi recorrido de entrenamiento ¡5 minutos más rápido que de costumbre!, y lo mejor es que no acabé muy cansado ni con las rodillas temblando.
El comienzo ha sido bueno, habrá que seguir probando...
Y no es broma. Por mucho que me pese creo que tengo que cambiar de zapatillas. Las pobres me han aguantado durante mucho tiempo y me temo que ha llegado la hora de jubilarlas. Cuando digo mucho tiempo lo digo en serio, por lo menos cuatro años recorriendo conmigo estos mundos de Dios. Cuando se lo comento a mi hermano Oscar siempre me echa la bronca, que si estoy loco, que cómo es posible que siga con esas zapas, que me voy a joder las articulaciones... Al final voy a tener que darle la razón.
El otro día salí a correr sin hora de vuelta, es decir, cojo mi ipod, el móvil y la botella de agua y salgo a explorar sin tener muy claro hasta dónde voy a llegar. Es una experiencia que recomiendo a todo el mundo porque uno se sorprende a sí mismo y redescubre sus propios límites. Eran las seis de la tarde y hacía un poquito de calor así que el desgaste era considerable a las dos horas. Me dolían las piernas y sobre todo los dedos y las plantas de los pies. Lo peor fue mirar hacia abajo y ver que los pies se torcían hacia dentro más de lo normal (soy un poco pronador).
Mis zapatillas se han ido desgastando con el paso del tiempo y ya no tienen nada de estabilidad y cada vez lo noto más en mis rodillas y tobillos. Cuando salía veinte minutos no había problema, pero cuando estás dos horas y media soportando mi peso, que no es poco, me estoy jugando una lesión seria, y claro, no voy a dejar de hacer lo que me gusta, así que voy a invertir un poquito en material.
Llevo un tiempo investigando y tengo un par de modelos que se ajustan bastante a mis características como corredor y a mi bolsillo. Uno de ellos es de la marca Saucony, las Pro Grid Omin 6
Para corredores pronadores que también necesiten amortiguar el golpe con el suelo de manera eficiente y quizá en grado máximo. Son además muy duraderas y estables. Peso: 354gr. Precio: 120€.
El otro es de Reebok, que es la marca que uso ahora. Las Premier Trinity KFS
Pertenece a la colección Premier, lo que ya indica que es ideal para corredores exigentes. Este modelo para pronadores severos que tengan un peso medio o alto con máxima amortiguación. Peso: 323gr. Precio 110€.
Estas últimas están recomendadas por el personal de Bikila pero no estoy muy seguro de seguir con la misma marca. Bueno, tengo hasta septiembre para decidirme porque no tienen tallas hasta que reciban de nuevo la mercancía.
Hasta entonces, no queda otra que forzar un poquito las rodillas.
Ya está, ya pasó todo... o sólo acaba de empezar. El pasado día 25 de julio (tal y como predije, si esto sigue así pondré un consultorio) a las 14:40 nació mi hijo Hugo. Pesó 3.340gr. y midió 52cm. Qué puedo decir que no se haya dicho ya. La experiencia es impresionante, ver cómo le sale la cabecita y poder disfrutar de eso con su madre es lo mejor que me ha pasado. Tengo que reconocer que desde ese día valoro más la fortaleza de las mujeres para poder hacer frente a esos momentos. Mi mujer me dejó sin palabras, nunca la había visto tan guapa ni tan serena.
He llorado, me he reído y he pasado miedo, todos esos sentimientos me han alimentado durante estos días, aunque he perdido un par de kilos. Tengo un hijo. Da un poco de vértigo, qué digo, da mucho vértigo pensar que esta cosita depende de uno, ¡pero si no puedo cuidar ni de mí mismo!. Sin embargo, no sé muy bien cómo explicarlo, pero no le tengo miedo a nada, tengo ganas de disfrutar cada momento de su vida y me siento capaz de enfrentarme a todo.
El otro día salí a correr tras una semana casi sin dormir y con el cuerpo un poco cambiado, pensaba que estaría en casa a los veinte minutos. A la hora y cuarto llegué a casa y me encontraba genial, con fuerzas para salir de nuevo.
Como dice la canción de Springsteen, tenemos que salir mientras somos jovenes, porque hemos nacido para correr. Ya tengo planes para entrenar con el carrito por las calles de Madrid y por las piernas y los pies que tiene Hugo me temo que va a ser una máquina del running.
Pues estos son mis pies a día de hoy. Están hechos un asco. Las uñas de los índices me las tuve que quitar el otro día porque estaban creciendo mal y el dedo gordo de mi pie izquierdo está cogiendo un color púrpura que no me gusta nada. Y es que no me da tiempo a cogerles cariño, cuando empiezan a ponerse bien y a crecer de forma normal pasa algo que lo tuerce todo. Ese mismo dedo gordo que ahora cambia de color ha perdido su uña unas cuatro veces, si no es por el deporte es porque me engancho con un hierro (mejor no contar detalles), pero no me duran más de tres meses.
Últimamente estoy haciendo recorridos más largos y más duros, sin tener en cuenta la velocidad, corriendo a un ritmo en el que me encuentro cómodo. Me pierdo por los caminos, busco rutas nuevas, exploro otros recorridos, me lo paso bomba. Pero claro, a veces te llevas sorpresas desagradables, como por ejemplo perderse. Ya me ha pasado más de una vez y son los días que más corro y que menos me cuesta, supongo que por la descarga de adrenalina ya que los sitios por los que me pierdo no son los más recomendables para pasear. Sin embargo se conocen lugares muy curiosos, zonas industriales, urbanizaciones en obras, túneles extraños (cuidado con los murciélagos que me han dado algún susto), y gente que te mira como diciendo, pero este... ¿qué está haciendo?.
Por eso raro es el día en el que no corra al menos una hora y media. El otro día salí de excursión por el anillo verde y me gustó mucho, el problema es que hay algunas zonas que todavía están en obras y no ves una fuente en muchos kilómetros (jodida agua...). Pasaban las zonas de descanso de ciclistas y nada, ni una gota, todas las fuentes por poner. Al final tuve que pararme más seco que una pasa a las dos horas de empezar. No es que hiciese mucho calor (salí de casa a las cinco de la tarde) pero se nota que pierdes mucho líquido sin darte cuenta y cuando entra la sed ya es tarde. No me importa la distancia que corrí ni el tiempo por kilómetro, lo único que sé es que lo disfruté como un niño, así que habrá que repetir.
Un tío raro. Creo que me puedo considerar así. Probablemente porque me gusta hacer cosas que a la mayoría de la sociedad le parecen estupideces o pérdidas de tiempo. El otro día me comentaba un compañero de trabajo que su mujer había visto el video de los 100km que está en la página de corricolari (¡famoso por accidente!) y pensaba que yo era un "friki". Hasta ahí nada raro, sin embargo el tono con el que se dice cambia la historia, y tengo que admitir que me molestó. No porque pertenezca a ese grupo de personas que se salen de lo normal sino porque hay gente que piensa que soy idiota.
Ayer leía el artículo de "wild runner" sobre los principios del corredor y la verdad es que coincidía en muchos, pero lo peor es que coincidía casi más en los de los ultracorredores. Pero, ¿qué daño hago yo a la gente si tengo esta afición?, ¿por qué piensan que soy estúpido por correr hasta mis límites?. Me he encontrado muy poca gente que comprenda el por qué de esto. Lo único que sé es que muchas noches me levantaría a las 3:00 am y me iría corriendo sin saber a donde. Hubo una temporada que lo hacía (me sorprendió lo mucho que se limpian las calles de Madrid por la noche), pero parece que era demasiado "raro" para ser bueno y haciendo estas cosas sólo consigues que te tachen de loco, así que acabó ganando la sociedad. Ahora salgo siempre antes de cenar y cumplo estríctamente las normas de lo que se supone que es hacer footing. No digo que esté mal, pero no siento lo mismo, me siento encerrado. A lo mejor todos tienen razón y estoy loco o soy un estúpido pero siempre me he planteado por qué hay cosas que no se pueden hacer, como correr por la noche cuando te desvelas, o correr varias veces al día porque el cuerpo te lo pide, o intentar llegar a ciertos sitios a los que nunca pensaste llegar sin coche.
Acabo de terminar el libro de Dean Karnazes (que por cierto, ¡contesta a los mails!,es un tío grande) y como todo esto gira alrededor del por qué y no se me ocurre mejor manera de explicarlo, lo copio literalmente:
"Corro para ver hasta donde puedo llegar. Corro porque es mi modo de devolverle algo al mundo haciendo lo único que sé hacer bien. Corro porque nunca he sido un tío muy de coches. Corro porque me siento libre. Corro porque si no lo hiciera, estaría flojo y desanimado, y pasaría demasiado tiempo en el sofá. Corro para respirar aire fresco. Corro para explorar. corro para escapar de lo ordinario. Corro porque me mantiene humilde. Corro por llegar a la línea de meta habiendo saboreado el recorrido. Corro porque caminando se tarda mucho y quiero que me de tiempo a hacer muchas cosas en esta vida. Corro porque, después de que mis huellas se hayan borrado, quizá inspiraré a unos cuantos a rechazar el camino fácil, a machacar los caminos, a poner un pie delante del otro y a llegar a la misma conclusión a la que he llegado yo: corro porque siempre me lleva a donde quiero ir."
Hoy me siento en cierta manera un privilegiado. No me considero un "friki" ni un fan de esos que persiguen a las estrellas por donde van, pero conocer al mismísimo Dean Karnazes ha sido toda una experiencia.
Para el que no sepa quien es este personaje basta decir que corre maratones como entrenamiento, acaba de terminar el North Face Endurance 50: 50 maratones en 50 días consecutivos y que terminó la Badwater (la carrera más dura del mundo) corriendo 217 km a temperaturas de 48ºC en 27h y 22 min. Ese mismo año corrió 422 km seguidos, diez maratones.
La verdad es que me enteré ayer de pasada que iba a estar en Madrid firmando libros y me pillaba bastante cerca del trabajo así que pensé, bueno, voy a pasarme a ver de qué va la cosa. Cuando llegué pensé que me había tragado la broma, porque yo esperaba ver una cola enorme de gente saliendo de la tienda North Face y no había nadie. Me asomé y vi en el escaparate un cartel del libro "Ultramaratón" así que entré pero no había ni rastro de ningún evento, sólo al fondo se veían a un par de personas hablando. Me acerqué a preguntar y ¡zas! me encuentro frente a frente con el gran ultramaraton man.
Pregunto por el libro, que estaba escondido por ahí y lo compro. Nada más verme me pregunta si quiero que me lo firme, y claro, se me cae la baba. Empezamos a hablar (mi inglés es un poco chapucero, pero me vale para entenderme) y le comento que corro hace unos meses y que dentro de unos días voy a tener mi primer niño. Me cuenta que cuando tuvo al suyo se lo llevaba empujando el carrito por las cuestas de San Francisco y acababa con la lengua fuera. Me cuesta creer que acabaras muy cansado, le respondo y se rie. Estuve un rato charlando con la gente de la tienda sobre correr los 100km y la traductora me dice que ni se lo plantea, pero el asiente que se puede. Nos reimos todos. Por último le pido que se haga una foto conmigo y acepta encantado. La dedicatoria del libro me la guardo para mí porque es muy bonita.
Sinceramente, me encontré con una persona encantadora, que estaba deseando hablar con la gente y muy amable. Además de ser una de las 100 personas más influyentes del mundo segun la revista Times, tiene pinta de ser un tio muy majete.
Por cierto, el libro es muy entretenido y lo recomiendo.
No paramos de quejarnos, no tenemos verguenza. Como corredor iniciado (recién nacido) sufro con cada kilómetro que hago y como es normal, también disfruto con cada segundo que araño al cronómetro. Soy de los que les duele todo al correr 12km. Y por supuesto no salgo a correr todos los días, más que nada por que no puedo, mis piernas no dan para tanto.
Aún así me gusta salir a correr, siento que lo necesito cada vez más. Pero reconozco que me quejo mucho. No tengo verguenza.
Desde luego que mi meta, si tuviera una, sería, dentro de muchos años, participar en alguna de esas carreras míticas de las que oyes hablar como Des Sables o la Mont Blanc y por qué no, cualquier Ironman. ESO ES DUREZA. Lo demás son juegos de niños. Y para muestra un botón.
No puedo negar que se me cae la baba viendo a esta gente. Es muy probable que jamás consiga ni siquiera acercarme a imaginar el apuntarme a algo así, pero desde luego que es una meta a seguir aunque muy, muy lejana... A veces creo que somos una especie de masoquistas que disfrutan con el dolor porque es imposible hacerle entender a alguien que no corre esa sensación tan extraña. No se, a lo mejor tenemos algún problema mental.
Lo único que sé es que con tanta historia me han entrado unas ganas de correr... Hasta luego, me voy.
Ya acabó todo. El dolor ha desaparecido y sólo queda el recuerdo de lo que fue un esfuerzo titánico. Estoy seguro de que seguimos teniendo la espinita de repetir algún año (esto va por Jesús y Óscar que me decían "nunca más") y probablemente lo hagamos. Y aprovechando que dejáis esos comentarios tan profundos (no volváis a hacerme esto) me he permitido el lujo de devolveros la pelota con este video que resume lo que fueron esas 22 horas.
Yo estoy seguro de que no hubiera podido terminar sin vosotros, de hecho ya me presenté sólo una vez y lo dejé. Intenté no insistir mucho a que os apuntárais porque sé lo que es esta prueba pero si hubiese tenido que ir solo me habría quedado en casa. Así que gracias por acompañarme en esta locura.
Juntos nos comemos los kilómetros, la lluvia y lo que nos echen.
¿Qué puedo decir? La verdad es que llevo mucho tiempo esperando poder escribir este texto y no se cómo empezar. Supongo que lo mejor es comenzar por el principio.
Llegamos a Colmenar con la hora pegada al culo como siempre, y entre dejar las bolsas en los camiones y demás ya estábamos empezando. Mi primo Sergio (del que ya hablé anteriormente), su mujer y su hijo tuvieron el detalle de venir a vernos salir. Fuimos al coche a dejar la bolsa que nos daba la organización y cuando nos quisimos dar cuenta estabamos con el coche escoba encima nuestro. ¡Eramos los últimos!. Poco a poco fuimos escalando posiciones y las sensaciones eran buenas. Entre risas y tonterias llegamos a Manzanares el Real y tuve la mala suerte de hundirme en una especie de barrizal que por poco se queda con mi zapatilla. Alcanzamos sin ningún problema la primera parada, Colmenar. Aprovechamos para cambiarnos de ropa y comer algo porque suponíamos que la noche se nos iba a echar encima. Ese tramo fue sin ninguna duda el más bonito de todo el recorrido aunque las cuestas eran de escándalo.
Llegamos a Tres Cantos sin problemas, salvo una leve sobrecarga en una de las piernas de mi hermano Jesús que acabaría por pasarle factura. Kilómetro 53,300 y me encuentro perfecto, mejor que cuando empezé. Nos tomamos nuestro tiempo, comemos, revisamos los pies, estiramos un poco y de nuevo listos para salir. Como parecía que iba a hacer buen tiempo decidimos no usar las capas y los chubasqueros, con una chaqueta sería suficiente. ¡Cómo me arrepentí de esa decisión!.
A la hora de salir empezaron a caer rayos a ambos lados del camino y se desato una tormenta de las que no se olvidan. Además de los sustos que provocaban los truenos se nos mojó hasta el alma. El barro nos hacía imposible avanzar con normalidad y el agua inundaba nuestros pies. Estuvimos a punto de caernos en más de una ocasión. Fue un aunténtico martirio caminar en esas condiciones.
Llegué corriendo a San Sebastián porque no podía soportar más esa sensación de haberme tirado a una piscina con la ropa puesta. El panorama allí era desolador. Todo el mundo había sufrido más de la cuenta y empezaban a plantearse si seguir o no. De hecho tuvimos en ese momento nuestra primera baja. Mi hermano Jesús, que había aguantado como nadie el peor tramo del recorrido no podía soportar más el dolor de su pierna y los pies era mejor no verlos. La humedad había reblandecido nuestra piel y en el caso de mi hermano la había separado de la carne. No le insistí, comprendía que su sufrimiento era suficiente y había superado su propio reto.
Yo me encontraba incomprensiblemente bien, no tenía ampollas y una vez seco (tuve que tirar la chaqueta que llevaba porque era inservible en esas circunstancias) me sentía con fuerzas para seguir. Sólo quedaban 25 km. Mi otro hermano, Óscar, sufría una hipotérmia bastante fuerte y le temblaban hasta los párpados, así que cogimos un par de chubasqueros de la organización y emprendimos la marcha de nuevo.
Sufrimos un buen rato la tortura del barro y el agua, pero dejó de llover y la claridad del amanecer nos permitía apagar los frontales, de los que estábamos bastante hartos.
El camino a través del carril-bici hasta Tres Cantos se hizo muy largo, no llegaba nunca y empezaban a aparecer los primeros "zombies mañaneros". Yo, que llevaba la misma camiseta empapada por la lluvia empezaba a tener bastante frío pero una vez en el kilómetro 89 se te olvida todo. Sólo quedan 11, un par de horas.
Salimos con ganas, llevamos 20 horas andando y se hace un poco pesado, pero aún así, seguimos animando a la gente se se cruza con nosotros. Óscar va tocado de pies y tobillo y no le quedan muchas fuerzas, así que imagino el desánimo al tener que cruzar varios ríos crecidos por las lluvias y volver a mojarnos los pies y las zapatillas. Yo me encontraba bien, quedaban escasos kilómetros y todo habría acabado. Las plantas de los pies duelen por la presión soportada durante tantas horas y las fuerzas empiezan a faltar.
De repente una sombra en lo alto de una cuesta nos saluda a lo lejos. Es Jesús, que nos está esperando en Colmenar. ¡Qué subidón! La verdad es que me emocioné al verle y puedo decir que ese fue el mejor momento del día. ¡Ánimo campeones, que ya habéis llegado!, nos decía mientras escalábamos esa última cuesta. El pobre se encontraba tan mal que no pudo acompañarnos al estadio.
A partir de ahí sobran las palabras. He conseguido terminar este gran reto y a partir de hoy me siento un superhombre. Ni las condiciones meterológicas adversas, ni los kilómetros y las piedras han podido frenarme. Ahora estoy en casa, me encuentro bien. No tengo ampollas y el dolor muscular pasará en un par de días.
Las cartas ya están sobre la mesa. Poco queda ya por entrenar o mejorar. Quedan cuatro días para el reto y más o menos tengo todo lo necesario, zapatillas, botiquín, etc.
Tras muchas deliberaciones, idas y venidas, dudas y miedos, nos presentamos a los 100km en 24 horas la hermandad Alonso al completo. Y es que esto del blog hace mucho y el que se presenta una vez, repite.
Parece mentira, pero es en estos días cuando menos estoy pensando en la prueba. Y la verdad es que creo que lo mejor es relajar la mente además del cuerpo porque voy a tener que tirar de los dos este fin de semana.
Tengo ganas de que llegue el día. Seguramente porque esta prueba marcará un antes y un después en mi vida, ya que es la última antes de ser padre por primera vez y supongo que todo cambiará radicalmente a partir de entonces. Para mí es una manera de demostrarme a mí mismo que puedo con todo, que los retos están para vencerlos y que la vida resulta insípida y aburrida sin ellos. La superación de los propios límites es, sin ninguna duda, uno de los pilares de cualquier deportista. Comprobar que el entrenamiento empieza a surtir efecto, que las metas cada vez son mayores y que mucha gente piensa y siente como tú ha contribuido a generar en mi una adicción (muy sana por supuesto) a la superación, que espero no desaparezca nunca.
Frases tan repetidas como "¿Sufres más cuando corres o cuando no sales a correr?" utilizada en la San Silvestre de este año, o la campaña de nike "Soy adicto", resumen tan bien lo que un corredor siente que acabas formando parte de una especie de secta de "frikis" que prefieren salir a comerse el asfalto a pasar el rato viendo la tele o jugando a la Playstation.
Y lo peor de todo es que me siento orgulloso de pertenecer a ese, cada vez más numeroso, grupo de locos.
En esta prueba, como en muchas otras, es de vital importancia la motivación y el deseo de acabar. No creo que sea el único que sale a correr con un planteamiento y a mitad de carrera pienso... bueno, tampoco tengo por qué llegar hasta allí, con que me acerque...
El dolor nos bloquea, nos hace pensar demasiado y en una carrera es lo peor que se puede hacer. Yo utilizo un truco que casi siempre me funciona, que es mirarme los pies. Es una manera de desconectar para no mirar cuánto queda para terminar. Cuando me quiero dar cuenta ya ha terminado la cuesta o los baches, etc.
Los 100 se hacen muy duros pero sobre todo porque se hacen muy largos. Tienes demasiado tiempo para pensar en todo. Lo normal es que a las siete de la tarde ya estés diciéndote a tí mismo eso de "quién me habrá mandado venir aquí, si podía estar ahora perfectamente en casa". Ese es el principio del fin.
Cuando sientas que vienen esos pensamientos, cambia el chip, piensa "llevo tiempo preparándome", "estaba esperando que llegara este día", "las etapas que vienen ahora son las mejores"... Piensa en lo que te llevó a presentarte aún sabiendo que iba a ser duro.
Es una prueba que puede hacerse, no requiere ser un ironman, pero te exige más fortaleza psíquica que otras pruebas más cortas. Por eso envidio a los que consiguen terminarlo corriendo en 9 o 10 horas. Quién sabe, quizá dentro de unos años...
Hace un par de años volví a presentarme para cumplir con el ritual de caminar los 100 kilómetros de costumbre. Ese año estaba mejor preparado, había corrido mucho, pude acabar mi primera media maratón y me sentía con ganas de enfrentarme de nuevo a este colosal reto. Por razones de incompatibilidad de horarios y fechas no hubo nadie que pudiera acompañarme y acabé por apuntarme solo. No pasa nada, pensé, si lo he hecho acompañado puedo hacerlo igual en solitario.
Gran error.
Al principio no te das cuenta, pero se te van echando los kilómetros encima y se hace muy pesado y muy aburrido.
Empezando por el cambio de recorrido, que la verdad, aunque es más bonito, a mi, que no tengo coche, me viene mucho peor por el tema de los accesos. Coges el tren, luego el autobús y ya estás en Comenar, sumergido en la tensión de los últimos minutos de descanso de las próximas 24 horas. Los primeros veinte kilómetros son bastante duros, con muchas subidas y bajadas, lo que normalmente llamamos un "rompepiernas". Lo que peor llevé fueron los 15km de via de tren llenos de piedrecitas que se clavan como agujas. Aún así llegué al kilómetro 36 en perfecto estado. Tras comprarme una empanadilla y una Coca-cola en un centro comercial que hay en Colmenar, arreglarme los pies y descansar un poco me puse en marcha de nuevo.
Esos 16 kilómetros se me hicieron eternos. Es entonces cuando te empiezas a hacer preguntas como, ¿qué hago yo aquí?, ¿para qué este sufrimiento?, ¿cómo es que no pasa el tiempo más deprisa?.
Ese es el mayor peligro de todos en esta prueba, la falta de motivación. Si la pierdes estás fuera. Por eso es tan importante tener a alguien al lado que te anime y te empuje a seguir.
En Tres Cantos estaba mi cuñado Fernando esperándome para acompañarme, pero ya era tarde. No tenía ganas ni fuerzas así que la aventura terminó en el kilómetro 53.
No lo dudéis, si se puede, buscad compañía. Este año no sé si volveré a caminar solo. De ahí el titulo de este blog, si me ves, salúdame. Seguro que tenemos algo de qué hablar.
Los años van pasando, crecemos y nos suceden cosas buenas y malas. Pasamos por situaciones que resultan difíciles de digerir y por otras que nos gustaría mantener siempre en el recuerdo. Pasamos largas temporadas sin correr y de repente nos entra el remordimiento y comenzamos una cuenta atrás para prepararnos para el gran día... el de los 100 kilómetros.
No sé muy bien cuál es la razón de someternos a esa tortura un año tras otro, lo único que tengo claro es que siempre repito.
Me presenté por primera vez el año 2002 en la XIII edición. Tengo muy claros cuáles son mis recuerdos de ese día. El tremendo calor que hizo, la sensación de sed tan horrible y el dolor de pies, cosa que nunca había sufrido de esa forma. La verdad es que me pasé de pedante. No había hecho deporte en muchos años y siempre de forma esporádica. Pesaba alrededor de cien kilos (de grasa, nada de músculo) y no tenía ni idea de como equiparme (el día más caluroso del año y yo vestido de negro riguroso). Como es lógico, me pegó una pajara del quince y me quedé tirado en el kilómetro 30 sin poder mover los pies. Estuve casi un mes sin poder andar bien.
A partir de ese día me dije a mí mismo que tenía que hacer algo. Si ni siquiera podía hacer 30 kilómetros andando es porque estaba muy mal. Comencé a correr, por las noches, sobre todo porque hay menos gente y te sientes más a gusto. Además mi trabajo me lo permitía. Salía a correr a partir de la 1:00 am. y me puse a recorrer las callejuelas de Madrid.
Hay algo que todos los corredores conocen y que comprenderán y es la sensación de bienestar que supone superar tus metas y lo que se disfrutan algunos momentos de carrera en los que te sientes un superhombre. Pero lo peor de todo es que esa sensación engancha y no puedes dejarlo. Una vez que ese gusanillo te ha recorrido las tripas no podrás pasar mucho tiempo sin salir. También es cierto que los comienzos son duros, qué digo duros, son incluso humillantes, deprimentes, pero pronto se ven los resultados, eso es lo bueno.
Ese año decidí correr la San Silvestre Vallecana, lleno de miedo y por probar lo supone correr 10km. La experiencia es increible. Cualquiera que la haya corrido sabrá a lo que me refiero. Toda esa gente animando, el ambiente de la carrera... es genial. No he dejado de participar desde entonces.
Y llegó el siguiente reto. No estaba preparado para correr una media (o sí, la verdad es que no me lo planteaba) porque el reto de volver a hacer los 100 era lo que me comía la cabeza.
El año anterior mi primo Sergio, que es un superdotado, lo tuvo que terminar sólo. Se hizo los setenta kilómetros restantes completamente sólo, mejor dicho, le había dejado solo. Este año tenía que redimirme. Me había preparado, o eso creía y estaba dispuesto a todo...
El día había llegado. Estaba mentalizado. Me asomé a la ventana y algunas nubes advertían de la posibilidad de lluvias. Me despedí de mi entonces novia (ahora esposa) y me dirigí al metro donde había quedado con mi primo Sergio y su novia (ahora esposa) con dirección a "Las Musas" donde se encontraba el estadio de la Peineta, lugar de salida y llegada en ediciones anteriores. Este año se presentaba también mi hermano Oscar con su mujer y un montón de vecinos. Es más divertido cuanta más gente viene pero también te obliga a llevar otros ritmos. Por eso, cuando llevábamos unos cuantos kilómetros nos fuimos separando. Por supuesto brindé con una barrita energética cuando pasé por "mi arbol", ese en el que me quedé tirado el año anterior, cuando por problemas de hidratación me dió la tremenda "pájara", justo al lado de la estación de tren de El Goloso. Sorprendentemente este año me encontraba muy bien.
Como temíamos empezó a llover. A mucha gente le viene muy bien, a mi no. No me gusta caminar mojado. Puede ser agradable al principio, pero con el sudor la ropa no se seca y al final resulta muy incómodo. Me caló toda la ropa de repuesto que llevaba. He cometido el error todos estos años de no dejar ninguna bolsa en los polideportivos, lo llevo todo encima.
Llegamos a Tres Cantos. Un par de "Actimel", revisión de pies y en marcha. Camino a Colmenar por esa carretera eterna llena de agujeros. Cuando llegamos aún era de día. Era la última etapa para Begoña, la novia de mi primo Sergio. Mientras nos cambiábamos de camiseta y calcetines llegaba mi hermano con todos los demás. Sus mujeres que hacían de apoyo me ofrecieron un plato de ensalada de pasta que me sentó de maravilla porque uno acaba hasta las narices de las barritas. Me lo comí por el camino, no había tiempo que perder. Mi primo y yo nos despedimos de los demás hasta Tres Cantos de nuevo.
Este es el primer tramo que se hace de noche y la verdad es que tiene mucho encanto oir a las ranas, los grillos y demás gente que va cantando. Llegamos a Tres Cantos y allí estaban mi novia Eli y mi prima Arancha (hermana de Sergio). Recuerdo que después de la parada me costó horrores volver a ponerme en marcha. Era sólo el principio.
La llegada a San Sebastián de los Reyes fue un poco dura y sobre todo la puesta en marcha, parecíamos zombis. Además, como no tenía ropa de repuesto recuerdo que me dió una temblequera que no se me quitaba con nada. Metí mis manos en válgase las partes (imaginad cuales) que debido a la irritación de mis muslos era la única zona templada de mi cuerpo buscando entrar un poco en calor. Ni con esas.
Aquí empezó la verdadera prueba. Me dolía todo, los pies, los muslos escocidos, la espalda... No sabía donde ponerme la mochila. Esto no se acababa nunca. Contínuamente pensaba, en cuanto haga la próxima parada me voy a casa, yo no tengo que demostrar nada a nadie, ya he hecho más de lo que pensaba que podría hacer. Pero claro, quedarse al lado de un tío de la organización que tiene una mesa en medio de la nada no era lo que más me apetecía. Así que sigues andando.
De repente empiezas a reconocer el terreno, hace tiempo que ha amanecido. Estás en IFEMA, kilómetro 92. En este momento no te vas a parar, solo quedan unos kilómetros para llegar.
Madrid está vacio, a lo lejos puede verse la Peineta. La calle se ve regada de zombis andando como muertos. Yo también soy uno de ellos. Se me hace eterno, el estadio no llega nunca. De repente una cuesta arriba muy larga me acaba de hundir. Sergio sube corriendo (ya había dicho que era superdotado) mientras, yo sigo andando como puedo y me noto que estoy haciendo pucheros. El dolor es imposible describirlo si no has estado en esa situación. En lo alto de la cuesta me espera Sergio riéndose. Cuando llego a su altura me doy cuenta de por qué se reia. El estadio de La Peineta está a escasos 300 metros. Se me olvidan todos los dolores, camino como si nada y entramos en el estadio. Se oye a lo lejos el Aleluya de Haendel y entramos en la pista. ¡Qué subidón!. Decidimos hacer la última vuelta corriendo (como puedo) y cruzamos la meta y la cinta que dos chicas te sujetan (es un detallazo).
Te dan el diploma y un polo cutre, que para tí es el mejor reconocimiento del mundo. 19 horas y 50 minutos. Mi hermano llegaría dos horas más tarde con Mónica, su mujer y sin nunguno de los vecinos que habían ido cayendo por el camino.
Recuerdo que cuando llegué a casa le pedí a Eli que no me dejara hacer esto nunca más.
Y aquí estamos. A los quince días ya estaba pensando cómo lo haría el año siguiente.